Los Elegidos: “ La Vieja Estación”, por Nico Cortes

Pedazo de pertenencia. Cuando un sitio tiene nombre y apellido. Además tiene raíces; pasado y presente. Mesas, sillas, altar. Cultura popular.
Comunidad05 de abril de 2026

Desfilan por su ancha vereda turistas de todo el mundo. Golpean la puerta de Balcarce 875. Se aglomeran. Rezan. Ruegan. Pues hace veintiséis años que una guarida de trenes empezó a latir. Cuando la estación parecía agonizar entre penumbras y umbrales. En esos momentos donde la noche adormecía confundiendo apagarse con perecer.


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Tupac Puggioni además de rebelde, empresario, deportista, es un visionario. El hombre amante de la buena vida, del básquetbol, el fútbol, la buena mesa y los habanos, sintió arder una llama que se había apagado. Tuvo el coraje y la sensibilidad de emprender cuando la zona parecía un laberinto de roedores. (También fue el cerebro y creador del inolvidable bar Macondo). Tomó la posta y luego lo siguieron unos cuantos, luego muchos y quedaron los clásicos. Los grandes, los buenos, los justos.

El hombre curioso e inquieto, en la gesta del fenómeno tuvo la compañía de su entonces mujer, luego fallecida, Veronica, con colaboración de su hermano Fidel y su primo Ramiro, supo edificar un paraje mítico. Matias su hijo, es hoy más que su mano derecha, gerenciando y profesionalizando una empresa familiar modelo. Está en todos los detalles entre salón y cocina y junto a su hermana proyectan elevar todos los estándares. 


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Entre rieles marchan comidas regionales, platos típicos y de autor, vinos de todo el valle. Una cazuela de cabritos memorable. ¡Que energía! Siento pisar la tierra de Salta, la misma Argentina, el tacto de los pies con las semillas, los granos, el arado. Todos hermanados coreando semejantes himnos, canciones, libros. ¡Que maravilla de provincia! Siento emoción de estar donde quiero estar y vivir donde quiero vivir. Donde nací, sin pretensiones de ser profeta, en otro planeta. 


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Es una especial central del norte. Pionera de una calle Balcarce que brilla. No ha perdido el aura y sigue siendo noticia. Suena la guitarra, el bombo, hay festival. El escenario Jorge Cafrune está intacto. ¿Quien no habrá pasado por aquí? ¿Cuantos, los que quisieran subir? Retumba con el eco del arte, la música, el bailar. Quiere gritar lo que muchos uniformados quisieron callar. Es tanto el encanto que las paredes vecinas pretenden ceder. Se prepara para el próximo mes, otro espacio adyacente, con cava, vinoteca, cigarros y un espacio reservado, anexado a lo que ya es un templo. El poeta del rincón, junto a la barra, observa, escribe el estribillo: “Se siente el campanario y todos los fieles tienden a arrimar. Nadie quiere perderse una misa con baguala, ni un malambo ni un zapatear…”

Del andén bajan decenas, cientos, miles. Se murmura que el mundo quiere conocer  La Linda. Más bien quieren vivirla. Sentirla. Se consultan entre sí. Hay limitaciones en el área de turismo. Se perciben sectores grises, en los folletos del ente público. La inteligencia artesanal y la artificial responden a sus inquietudes. ¿Dónde, cuándo, cómo y por qué? Toda las respuestas están dirigidas a un mismo lugar. The Old Station. “La Vieja Estación”.

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