
“Benditos los sitios de mi ciudad. Esos espacios que imantan, regocijan. Arde la leña por encima. Hay calor y color. Una carne asada vibra no por necesidad ni obligación. Más bien por amor.”
Es una escala obligada dentro del paseo Güemes. Calle del General, numeración 88. Ciudad de Salta. Zona residencial convertida en punto gastronómico.

Casona antigua, mosaicos, mobiliario simple, salones altos y amplios. Al fondo una parrilla que no cesa. No hay descanso ni pausa para el asador. Hace casi dos décadas que funciona una parrilla referente en todo el norte argentino, con viva presencia también en la vecina Jujuy.
Walter Roggio es un cordobés inquieto, vital, generoso, que se enamoró de la ciudad. Trajo consigo su pasión por la brasa. La calidad y el carisma de su persona, más un producto de excelencia hizo de una parrillada, un clásico.

Tiene carta y tiene la opción libre, que es la predilecta. Distintos cortes, embutidos, achuras, en forma de degustación sin límites. La calidad es excelsa. Los tiempos de cocción, los indicados. Esta tan mecanizado y aceitado el tren interno que las piezas se mueven de memoria. Corte tras corte, más guarniciones, más pan caliente. Las papas fritas revueltas son soberbias. Matias y Pablo en el servicio tienen la misma pasta del anfitrión. Serviciales,atentos, precisos. Sugerencia para futboleros. Salón del fondo.

Aparecen los postres. La casa invita té café, espumante o fernet para seguir de largo. Inclusive hojas de coca digestiva. Hay lugares que son infalibles por cuestiones intangibles. Cruzo la línea comercial. ¿Qué cosas no se compran ni se venden, ni se enseñan, entre tantas? La vocación de servicio, el afecto, el sentimiento…
No hay exageración ni miento. Es un abrazo y no suelto. La Candelaria, más que carne. Proteína. Calidad humana. Amistad. Salta. Argentina.







